
Primero estuvieron tus caricias; suaves, tenues, dulces. El solo roce de tu piel con la mía despierta, en lo más hondo, mis instintos, aquellos que llevaban ya demasiado tiempo adormecidos.
Un escalofrío general recorre cada uno de mis poros, y un deseo irrefrenable me embarga, nublando mis sentidos, luchando con mi mente.
Día tras día es una eterna guerra; tu tacto y mi razón [Despiertas mi parte más salvaje... ¿sabes hace cuánto tiempo lleva oculta esa parte? Adormecida, hundida en el sopor, dejada en el olvido... y tú... la has revivido, la has sacado a la superficie. A flor de piel, ¿qué hago ahora? No sabes cuánto te lo agradezco; creía que me había vuelto incapaz de sentir].
Las palabras del profesor o del orador de turno, las risas, las burlas, los pensamientos, las caras, y facciones de todos van disolviéndose en la lejanía... [he conseguido calmarme; ahora estás sólo tú] hasta finalmente desaparecer.
Suena el timbre y yo me muero un poco más [otra hora a tu lado, tan cerca... y a la vez, tan lejos]. El sonido de las manecillas el reloj se clava como una aguda punzada en mi corazón. Mis manos se sienten oxidadas, eternas, sin ti. Necesito sentirte cerca, sentirte aquí.
Y ahora, sin avisar, vienen tus besos, aparecen de repente en el cuadro, como dibujados por la mano de un artista, pincelada tras pincelada; cálidos, húmedos, placenteros... y una vez dibujada la base, va agregando los matices; juguetones, ingeniosos, inocentes, perversos, pacíficos, excitantes, tenues, apasionados... De diferentes colores, sabores, texturas, tamaños. A veces dulces, a veces salados.
Pero, ¿sabes qué es lo mejor de todo? Cuando las dos cosas se combinan: tus besos y tus caricias. Es entonces cuando descubro mi nirvana personal.
Tus manos me envuelven delicadamente, tanteando el territorio; mi cintura, mis piernas, mis brazos, mi rostro, mi cuello, mis labios... tu boca se aproxima a la mía poco a poco [lo suficientemente lento para que ponga cara de idiota consumida por el deseo] y finalmente tus labios rozan los míos. Lo que sucede después es inefable [he desvelado el secreto del séptimo cielo].
Tus manos, bien acomodadas en mi pelo, sólo ayudan a mi sensación de absoluta calma [de absoluto éxtasis]. Y ¿con qué comparo tus suspiros? ¿tus respiraciones en mi cuello? ¿el palpitar acelerado de tu corazón cuando apoyo mi oreja en tu pecho? El cielo es insuficiente. Es más, es un término basto y vulgar.
Eres... eres todo lo que puedo desear [y más].
Eres mi adicción personal.
Espero que de esta manera entiendas al menos un poquito de todo lo que me haces sentir.
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